
El martes 15 de septiembre se convirtió en otra jornada de desesperación para los usuarios de Cercanías en Valencia. A las 5.52 de la mañana, un mensaje en el canal de WhatsApp de Cercanías anunciaba una avería de electrificación en la estación del Norte. Menos de tres horas después, los trenes de las líneas C-1, C-2, C-3 y C-6 comenzaron a sufrir retrasos de hasta 50 minutos. Algunos pasajeros tuvieron que subirse a un solo tren que llevaba a dos convoyes completos. «Hemos tenido que meternos los pasajeros de dos trenes en uno solo», denunciaron desde el terreno. La incidencia, que se prolongó hasta las 8.24, dejó a miles de personas atrapadas en una odisea diaria que ya no es excepción, sino rutina. La alcaldesa María José Catalá no lo dudó: «Es insostenible». En su perfil de X, repitió la frase que ya se ha convertido en lema de protesta: «Se está maltratando a Valencia». La crítica no se limita a la gestión de Renfe, sino que apunta al Gobierno central. Catalá acusó al Ministerio de Transportes de vender trenes retirados de Madrid como si fueran un «refuerzo», cuando en realidad son convoyes reciclados que no resuelven el problema. «Nos vendieron un 'refuerzo' como si tuviéramos que dar gracias por las migajas», escribió. La cifra de retrasos acumulados en lo que va de año es abrumadora: 113.722 minutos, equivalente a 78 días, 23 horas y 22 minutos. Más de dos meses perdidos en trenes que nunca llegan a tiempo. Aunque el Ministerio de Transportes celebra inversiones en Cataluña —2.962 millones ejecutados en el primer semestre de 2026—, en Valencia el colapso sigue. La ciudad no solo pierde tiempo, sino que también ve cómo el tráfico rodado en sus accesos aumenta. «La realidad sigue siendo la misma: un caos que termina colapsando también los accesos a Valencia», advirtió Catalá. Y los usuarios, hartos, no se callan. En redes, comparten fotos de vagones a rebosar, especialmente en las líneas C1 y C2, donde el tren de las 6:25 desde l’Alcúdia no salió, y el de Gandia a las 7:10 llegó sencillo y con vagones antiguos. «Estamos en Cullera y ya va a tope, sin asientos desde Gandia», relató una pasajera. El suplicio no termina con el retraso: también es el desgaste emocional. Cada mañana, el reloj marca el inicio de una nueva batalla contra el sistema. Y esta vez, el grito no fue de protesta, sino de desesperación: «Valencia no se merece este trato».