El Cementerio General de València se ha convertido este domingo de Todos los Santos en un escenario de convivencia entre el duelo y la tradición. Aunque el apelativo sonaba sarcástico en el pasado, hoy la transformación del antiguo centro psiquiátrico en un parque y las mejoras en el hospital hacen que compartir la pérdida con tanta compañía resulte más llevadero bajo un sol de noviembre.
La entrada principal del camposanto presenta colas interminables frente a las cinco floristerías, donde el trabajo es frenético. Pilar, una de las vendedoras, atiende sin descanso, ofreciendo plástico para los ramos y asegurando que están al máximo de capacidad. El ambiente se completa con la presencia de vendedores de la ONCE y puestos de regaliz repartidos por las entradas, mientras el bar El Cementerio se llena de visitantes que, al salir, forman pequeños grupos para fumar al sol.
Dentro del recinto, el paseo central desemboca en una iglesia abarrotada, una imagen poco habitual que algunos atribuyen al efecto de la fecha. La jornada también sirve para pasear entre mausoleos con curiosidad turística, aunque el homenaje a las víctimas de la Covid pasa casi desapercibido. Sí se dejan flores en memoriales dedicados a las víctimas del cólera del siglo XIX y a quienes fueron víctimas del franquismo, el odio y la intolerancia.
Las historias personales marcan la jornada, desde parejas que llevan a los niños en brazos para que limpien placas con nombres de antepasados hasta niñas que aprenden a leer con las inscripciones de las lápidas. Este esfuerzo por normalizar la relación de los más pequeños con la muerte contrasta con la resignación de algunas personas mayores, que temen que sus hijos no visiten sus tumbas en el futuro. Entre el bullicio, también surge un humor negro contenido, como cuando se señala un nicho vacío como "esperando inquilino" o se planea con la pareja qué panteón se desea cuando llegue el momento.